Al Dr. Willian H. Bates, al escritor Aldous Huxley y a la enfermera Elizabeth Kenny

 

A. Huxley

W. H. Bates

E. Kenny

 

En esta sección hago una breve reseña de los métodos (fundamentos inclusive) propuestos y aplicados por el oftalmólogo W. H. Bates y la enfermera E. Kenny; en el caso del primero, para conseguir corregir una visión defectuosa y aprender a ver (reeducar la visión), y en el caso de la segunda, para paliar o evitar las secuelas de las personas enfermas de poliomielitis. Así mismo cuento mi experiencia con dichos métodos y en función de ésta hago una valoración de los mismos.

 

¿Por donde empezar tres historias que se entrecruzan?, esa es la cuestión. Pero comenzaré por lo que en un principio me ha traído hasta aquí, por el Dr. Bates.


Cómo conocí el método Bates


De pronto un día entré en el despacho de una amiga y compañera de trabajo y me la encontré con las palmas de las manos cubriendo su cara. ¡Caramba, ¿qué haces?!, la pregunté extrañado. Relajar los ojos, me respondió sonriendo. Fue ella, entonces, quien me habló por primera vez del Dr. Bates (1860-1931) y de su método para recuperar la vista, y me pasó un librito de J. de S’Agaró en el cual exponía las teorías del anterior y los ejercicios que éste proponía para mejorar la visión y corregirla de todo tipo de defectos. Se titula “Como se Recupera la Visión Normal” (Editorial LEDA; Barcelona, 1985) (*).



Por qué decidí seguir el método Bates


Aunque soy comedidamente escéptico en estas cosas y poco crédulo en general (pero, ojo, no de nacimiento), leí por curiosidad el citado libro y experimenté con los ejercicios que proponía. Las teorías del Dr. Bates y sus argumentos me parecieron bastante lógicos y coherentes. Por otra parte pude comprobar, no sin cierta pero agradable sorpresa, el resultado beneficioso de su método en mi propia visión y desde luego su inocuidad (*). Además, desde siempre había oído a mi padre y a otras personas mayores que cuanto más se usaban las gafas, peor veías sin ellas, más dependencia tenías de las lentes, las cuales, a su vez, cada cierto tiempo, había que volver a graduarlas con más dioptrías. Esto creo que es incuestionable y que todos los que las han usado alguna vez estarán de acuerdo. Pues bien, el método Bates lo primero que te dice es que prescindas de las gafas o lentillas, a ser posible, de forma radical, o si no, gradualmente (usándolas menos tiempo y con menor graduación).


Aldous Huxley y El Arte de Ver


Y por si todo lo anterior fuera poco, en dicho libro se hace referencia a Aldous Huxley (1894-1963), un abanderado del método Bates. Este escritor británico, de reconocido prestigio, se vio afectado a los 16 años por una grave enfermedad en los ojos (queratitis punctata) que produce opacidad en las córneas y que le dejó casi completamente ciego durante 18 años (llegó a necesitar el método Braille para leer y alguien que le guiara para caminar). En un principio le recetaron unas potentes gafas con las cuales consiguió ver algo mejor, aunque no exento de fatiga ni de agotadora tensión, pero muy pronto volvió a su estado anterior, siendo finalmente desahuciado por los más eminentes oftalmólogos de la época. Cuando fracasaron todos los tratamientos de diversa índole a los que le sometieron, y en un intento desesperado por evitar la ceguera completa, decidió realizar un curso de reeducación visual, basado en el método Bates, con el cual logró, en muy poco tiempo, ver notablemente mejor sin tener que utilizar lentes, y la opacidad de la cornea, que había permanecido inalterada durante varios lustros, comenzó a desaparecer. En agradecimiento al citado doctor y a su método, y para ayudar a su difusión, escribió un libro titulado el Arte de Ver (1942), en el cual cuenta su experiencia a la par que aporta algún ejercicio de su propia cosecha (creo recordar que relacionado con la memoria visual) y por lo tanto novedoso entonces. Para mí esto fue determinante, porque si alguien con su formación y conocimiento, que había escrito Un Mundo Feliz (1932) y que parecía estar al tanto de las últimas novedades científicas de su época (hecho probablemente favorecido por su entorno familiar, pues varios de sus parientes eran o habían sido investigadores punteros en diferentes ramas de la ciencia y/o tenían una gran formación humanística); había seguido el citado método y recuperado la visión de forma significativa; no podía ser cosa de brujería ni una superchería, sino algo con fundamento científico. Tampoco Willians Bates era un hechicero farsante o un ignorante, sino que, para desgracia de sus detractores, era oftalmólogo y doctor en medicina.

El escritor inglés Aldous Huxley, sin gafas,
a una edad avanzada


Elizabeth Kenny y los paralelismos entre su método y el de Willian H. Bates


Más decisivo todavía para mí fueron los paralelismos que se establecen, y que de hecho tienen el método y la filosofía del Dr. Bates, para reeducar la visión, y los de la enfermera australiana Elizabeth Kenny (1886-1952) para mejorar o recuperar la movilidad de los que padecen poliomielitis (parálisis infantil), porque gracias a esta última –y no al Niño de los Remedios ni a la Virgen de Lourdes, como dice mi madre (¡cuanta agua habré tragado por obra y gracia de la superstición!) (*)- ando y tengo una motricidad que hasta ahora me ha permitido hacer una vida prácticamente normal, pues contraje dicha enfermedad, que me afectó a las dos piernas, cuando tenía tan solo seis meses, en septiembre de 1954, justo después de un viaje en tren desde Málaga a Madrid, de donde es mi madre (*). La secuela más importante que me ha quedado es la casi total atrofia del cuadriceps de la pierna izquierda, de tal manera que no puedo hacer flexiones ni levantar la “pata chula” (como decía el cachondo de mi tío Fernando Ballesteros) estando tumbado, ni subir escalones muy altos sin apoyar la manos en alguna parte para impulsarme con los brazos, ni saltar (por ejemplo, ¡ay!, jugando a voleibol) ni correr (sin ir más lejos, detrás de las chicas o de la pelota) lo que a mi me hubiera gustado (*). Algunas veces me falla una pierna y me caigo sin más, cuando menos lo espero. Pero como todo tiene su parte positiva, gracias a la dichosa minusvalía me libré de la Mili, el servicio militar obligatorio que había entonces. En la infancia, pubertad, adolescencia, incluso me atrevería a decir que hasta cerca del cuarto de siglo, tuve cierto complejo (*), sobre todo con las chicas, porque, curiosa y paradójicamente, tras 12 años en los que hice bastante deporte y ejercicio en general (bicicleta, natación, etc.), así como algo de rehabilitación controlada (*), no se me notaba el defecto, pero lo tenía…; y cuando llegaba el verano e iba a la playa me sentía como Popotitos, pues era evidente que mis muslos eran como un par de palillitos (*).

Afortunadamente, dentro de lo malo -en este caso achacable al Niño de los Despropósitos o tal vez a la Virgen de las Malas Pulgas, o a ambos (*)- y como en el caso de Bates, no sin controversia por parte de las instancias médicas oficiales (téngase en cuenta que era una enfermera la que estaba enmendando la plana a los médicos), se empezaba a conocer y a implantar el método de la "hermana" Kenny, que algunos, seguramente, consideraban muy “milagroso” (*), ya que estaba consiguiendo espléndidos resultados en clara contraposición con los métodos al uso, a todas luces inútiles. Pues bien, una de las personas que había oído hablar de él –loado y alabado sea también- era el médico de mi familia, que les propuso a mis progenitores dicha alternativa (*), la cual –benditos sean- aceptaron, pues como suele ser habitual, supongo que tenían una fe relativa en el prodigioso Niño de los Remedios o bien conocían sus limitaciones (*); además, en circunstancias tales, cualquier hijo de vecino se agarra a un clavo ardiendo. Y así fue, especialmente por lo que respecta al segundo término. Para mis padres y sobre todo para mi madre, que hizo de enfermera, fue tremendo, porque la primera fase del método terapéutico de Kenny consiste en cubrir las zonas afectadas por la parálisis con paños o madejas de lana que previamente han sido introducidas en agua hirviendo o muy caliente y luego escurridas. De esta forma, con el calor húmedo, se consigue vencer el espasmo muscular que se produce durante la fase aguda de la enfermedad. Posteriormente se practica la movilización pasiva de los músculos lesionados y paralizados hasta que el paciente puede moverlos por sí mismo, momento a partir del cual debe seguir estimulándolos y rehabilitándolos mediante ejercicios gimnásticos; es decir, todo lo contrario de lo que predicaba la medicia ortodoxa en aquellos tiempos. Cuando el método se aplica en las primeras fases de la enfermedad es posible evitar las secuelas paralíticas.


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A la izquierda, la enfermera australiana Elizabeth Kenny cuando era joven; y a la derecha,
ya mayor, enseñando a un nutrido público su método de rehabilitación para niños
afectados por parálisis infantil. Abajo, la sede de su fundación en Chicago



En aquella época hubo en España una gran epidemia de polio, por lo que muchos que tienen más o menos mi edad y la padecieron, pero que no tuvieron la suerte que tuve yo, y por consiguiente sufrieron varias operaciones y les forraron de escayolas, andan hoy día con muletas o en sillas de ruedas a pesar, en muchos casos, del agua de Lourdes y demás brebajes y sortilegios. Fue una pena por partida doble porque unos años antes se había descubierto la vacuna, aunque no se empezó a administrar a humanos hasta quedar demostrada su inocuidad, en concreto hasta 1954, precisamente el año de mi nacimiento, e inicialmente no de forma generalizada.


Principios y método del Dr. Bates


La filosofía de Bates, basada en el yoga ocular, puede resumirse en que un ojo relajado es un ojo sano que ve perfectamente. La visión defectuosa es consecuencia de la deformación del ojo producida por malos hábitos. Para este médico son muchos los factores que influyen en la visión, entre ellos la respiración y los músculos externos al ojo (*), y salvos algunos casos genéticos graves, todas las disfunciones oculares que tenemos y que hemos adquirido a lo largo de la vida se pueden corregir aprendiendo a ver correctamente. Para conseguirlo sólo es necesario practicar una serie de ejercicios muy sencillos y adoptar unos determinados hábitos en la visión. Sin embargo entender su filosofía en todo su conjunto no es tan fácil, tampoco convencerse y asumirla.

Para empezar el Dr. Bates y sus seguidores rechazan completamente las lentes –gafas o lentillas- que consideran férulas que impiden el libre movimiento de los ojos y los van debilitando cada vez más, siendo con el tiempo mayor su dependencia de éstas.

Debido a que sus teorías echaban por tierra los principios canónicos imperantes, y sobre todo el creciente y lucrativo negocio que ya en su época había en torno a las lentes, todo el establisment se le opuso y se le enfrentó, tratando de marginarle y desprestigiarle.

Continuará....


Mi experiencia


Empecé a usar gafas aproximadamente a los 19 años, cuando estudiaba una cosa que se llamaba Selectivo para Escuelas Técnicas, equivalente entonces al primer curso de cualquier carrera técnica superior. En un principio tenía al parecer muy pocas dioptrías (0’25, 0’50), pero en el transcurso de los años éstas fueron aumentando más y más hasta alcanzar las 4 en cada ojo. Con uno de ellos veía algo mejor, pero las últimas veces que me revisaron la vista me pusieron lentes con la misma graduación en los dos, pues según decían mejoraba la visión en general (volveremos sobre este tema). A más dioptrías, mayor dependencia de las gafas, a la par que los ojos se iban empequeñeciendo y perdiendo expresividad. Los muy miopes, sin lentes, tienen una mirada apagada y perdida.

Mis primeras gafas, que usé durante bastante tiempo, fueron las llamadas “jesuíticas”, porque las llevaban casi todos los curas, aunque supongo era una cuestión de moda. Creo recordar que eran practicamente indestructibles, como muchos productos de consumo entonces (todavía no estaba muy desarrollada la obsolescencia programada en nuestro país). Las gafas, cuando eres niño, son una maldición y causa de complejo para el que las lleva, pues los compañeros de colegio y amigos, si te quieren chinchar, se mofan de ti llamándote “gafitas cuatro ojos” con la naturalidad -versus crueldad- característica de esos locos bajitos apenas nacidos. Pero a partir de los 18 años, la cosa cambia. Sea por lo que sea (la publicidad y el marketing, no cabe duda, desempeñan un papel importante), los que se ponen gafas por primera vez no lo sienten así, sino que, muy al contrario, generalmente lo consideran algo novedoso y positivo asociado a una supuesta madurez intelectual, y un ornamento más que lucir o complemento que vestir. Prueba de ello es que casi todos los presidentes de la reciente democracia española las han usado en su modo de quita y pon (se supone que por vista cansada), sobre todo durante las campañas electorales, para dar la imagen de madurez y responsabilidad, ilustrado y sabio,… En fin, se equivocan la mayoría de las veces aquellos que piensan que quienes se resisten a usarlas es por coquetería. Desde luego no es mi caso, para mí las gafas son, antes y ahora, un incordio, al igual que las lentillas, aunque por motivos distintos. Yo, la verdad, nunca las he llevado por estética, salvo para apreciar la belleza con nitidez. Para mucha gente, en cambio, las gafas confieren al que las lleva un cariz personal interesante.



Gafitas Cuatro Ojos o Joaquín y un servidor en un camping de Salobreña.
¡Qué pintas! Parecemos barbudos de la revolución cubana de vacaciones en la costa granadina.
Cuando estudiábamos ingeniería industrial de cada cinco compañeros,
cuatro llevábamos gafas o lentillas. Sospechoso (Foto, recortada,
gentileza de Joaquín García Quintero)


Antes de comenzar a practicar con el método del doctor Bates, cuando sonaba el despertador lo primero que hacía era alargar el brazo al estante que hacía las veces de mesilla, coger las gafas y ponérmelas. Las necesitaba para andar por casa. Como he comentado, tenía entonces cuatro dioptrías de miopía en cada ojo. Previamente había empezado a tener también problemas para ver de cerca, con lo cual, para leer, por ejemplo, tenía que levantarme las gafas o quitármelas y mediar entre objeto y ojos una distancia de más o menos un palmo de la mano en función de la luz, el tamaño de letra, etc. La dependencia que tenía de las gafas era total, sin ellas la ceguera era casi absoluta o al menos así me lo parecía. Cuando en verano iba a la playa, antes de meterme en el mar, lo primero que tenía que hacer era acercarme a la orilla con las gafas puestas para ver (nunca mejor dicho) si el agua estaba sucia, como suele ocurrir a menudo en la costa malagueña que frecuento con la famosa, típica y pintoresca “nata”; o si ese día había escalón y/o piedras en la entrada. Una vez hecha la inspección, si la valoración era positiva y el agua no estaba gélida, me volvía a donde estuviera asentado, dejaba las lentes, volvía a la orilla, cruzaba los dedos por si acaso y me zambullía en el agua. Pero la vez que fui más consciente de las limitaciones de mi visión sin gafas fue cuando un par de chavales en plena Semana Santa malagueña intentaron sablearnos a mi amigo Luis y a mí, amenazándonos con una pistola (supongo que de fogueo) y aprovechándose de que estábamos la mar de alegres y un tanto beodos. Lo primero que hizo uno de ellos fue quitarme las gafas. Nos ahogaron la fiesta, pero al final la cosa quedó en un susto y yo aprendí mucho de aquel suceso… Sin gafas me vi perdido, indefenso.

Continuará....



En proceso creativo. Disculpen las posibles erratas, cambios y retoques, etc.

 

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