Rosa tumorosa y primorosa

 


Rosa en los alrededores del hospital donde la trataron.
Al fondo la sierra de Madrid nevada
(Foto: JRT, 2013)

 

La vida a veces...


La vida a veces se para en seco estrangulándonos la respiración y el fluir natural de cosas.

Fue la mañana de un jueves soleado de febrero, cuando mi vida cambió para siempre en el momento en que Rosa y Chico fueron a mi trabajo arrastrando el peso infinito de una sentencia de muerte en forma de informe médico.

Ese mismo día mi corazón tomó la decisión más sabia que jamás habré tomado -aunque no todo lo el mundo lo entendiera-, dejar de trabajar para cuidar a Rosa y disfrutar del tiempo juntas lo que la vida y la muerte nos permitieran.

Los nueve meses siguientes han sido duros y las últimas semanas desgarradoras, cuando la luz de sus ojos empezó a apagarse, pero el largo proceso ha tenido también su lado bueno. Hemos podido disfrutar de largos paseos bajo una hermosa primavera, hemos reído y llorado juntas infinidad de veces, hemos hablado tanto y nos hemos dicho tantas veces lo mucho que nos queríamos, que no ha quedado una sola palabra por decir ni un solo gesto de cariño por mostrar. Ha sido una larga y pausada despedida.

Desde adolescente, mi relación con Rosa ha sido especial. Mas allá de ser mi hermana era mi mejor amiga, mi cómplice y confidente, mi norte y mi sur, mi principal soporte y el mayor lujo en mi vida.

Ahora es mi ángel y mi sombra, la que va siempre conmigo. Su esencia impregna mi piel y su generosidad y entereza me dan la fuerza y serenidad necesarias para seguir adelante, para disfrutar por ella de cada día de lluvia o de los colores de la primavera, para verla siempre con los ojos del corazón, sonriendo a la vida.


Concha González


Subscribo de principio a fin esta preciosa y precisa síntesis de Concha sobre los últimos meses de Rosa
y lo que ha representado para nosotros su enfermedad y muerte

 



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Rosa y su hermana Concha en el hospital (Fotos: JRT, febrero de 2013). Entrañable...
El amor, también infinito, que durante estos meses ha recibido de nosotros, y nosotros de ella,
creo que no se puede describir o expresar con palabras





Rosa en el hospital (Fotos: Concha González, febrero de 2013)


Cuando a finales de 2008 y mediados de mis 50 empecé a desarrollar De Vez en Cuento, resultó que una parte importante de su contenido era autobiográfico: lo que realmente estaba haciendo era contar parte de mi vida, describiendo emotivamente los espacios transitados, a la par que homenajeaba, a veces sutilmente o con cierta premura, a seres queridos y admirados, vivos o muertos; algo muy frecuente a esa edad. Entonces creí que estaba haciendo, sino un testamento, que también, en el sentido de legado o herencia para el que lo quiera recoger, sí un testimonio vital; por lo que pensé que debía estar cercana mi muerte. Por otra parte, cuando era niño, la esperanza de vida no era tan alta como ahora y era relativamente normal que muchas personas, sobre todo hombres, fallecieran en torno a los 60 años. Así pues todo parecía indicar que estaba ya en edad de merecer… fallecer. Y puede que sea así. Sin embargo cuando vi, pasado el tiempo, que para escribir y realizar todo lo que me venía a la cabeza necesitaría más de una longeva vida, me dije que tal vez no había llegado mi hora, a pesar de lo mucho y bueno que en general había vivido (amor maravilloso, amigos estupendos, trabajo estable que me daba de comer, actividades que me gustaban y con las que disfrutaba lo indecible, etc.). Pero por lo que vino después no estaba tan descaminado, porque la muerte, efectivamente, me rondaba y se llevó a quien más quería, mi otra parte, muriéndome yo con ella.


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Yo, tristón, preocupado y enamorado, abrazado cariñosamente a una Rosa hermosa, serena, sonriente
y también enamorada, en las afueras del hospital donde la trataron
(Fotos: Concha González, 2013)

Cuando en La evolución amorosa puse una nota al final que concluía "En todo caso ¿quién sabe qué nos deparará el destino?,...", nunca imaginé el trago tan amargo y el palo tan duro que me esperaba. Así mismo cuando escribí Debutantes, jamás pensé que mis circunstancias iban a cambiar tan drásticamente y que después de muchos años juntos -uña y carne- tendría que adaptarme a una vida sin Rosa, huérfano de su amor.

Cuando alguna que otra vez me he preguntado quien sería el primero de los amigos (entre los que me incluyo) o hermanos que enfermaría y nos dejaría, no se me pasó por la cabeza, ni por lo más remoto, que pudiera ser Rosa. Su aspecto era el más saludable. Llevaba una vida totalmente sana y activa: hacía gimnasia diariamente sudando la camiseta a chorros, a veces más de hora y media; caminaba mucho, comía abundante verdura y fruta, seguía dietas equilibradas, no fumaba desde hacía más de 32 años, su vida era estable y armoniosa tanto en el plano laboral como sentimental, se sometía a los controles periódicos médicos habituales en las mujeres para detectar o prevenir tumores o infecciones, etc. Sí, en cambio, tenía el pálpito que yo la sobreviviría, pero también que llegaríamos a viejos juntos, que los años de jubilados los disfrutaríamos en pareja entre Madrid, Málaga y Alberche, y que seguiríamos viajando por el quinto pino descubriendo nuevos países, paisajes y culturas, con la ventaja de poder hacerlo fuera de temporada (su profesión, algo malo tenía que tener, nos obligaba a viajar en las fechas que lo hacía la inmensa mayoría de la gente).



Rosa posando en los Jardines de Sabatini (al fondo, el Palacio Real),
en uno de esos días grises, de suave lluvia, que tanto le gustaban
(Foto: JRT, 2013)



En el parque El Capricho de Madrid
(Foto: JRT, 2013)

 

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